Como ya informamos en las entradas anteriores de este blog, este material es del Seminario del Programa Nacional Nuestra Escuela, denominado "Relaciones Interétnicas: los pueblos indígenas y el Estado".
Lxs invito a seguir leyendo, reflexionando y sobre todo, difundiendo y compartiendo para que esta información llegue a las escuelas, a las mesas familiares, a los medios de comunicación yal cotidiano para darle batallas a discursos hegemónicos falsos, propiciados por los sectores oligárquicos argentinos y que han trascendido en el tiempo.
Sigamos...
En la clase anterior abordamos los procesos
históricos a través de los cuales se vincularon los pueblos indígenas de
Pampa-Patagonia y el Estado, considerando inicialmente dos grandes
períodos: la etapa colonial y la conformación del Estado
Nacional. En esta clase continuaremos con el desarrollo de los procesos
históricos y abordaremos el proceso pos-revolucionario, planteando
algunos rasgos centrales de la relación de los estados (provincial o
nacional) con las diversas parcialidades indígenas, hasta llegar a la
etapa de la reunificación del estado de Buenos Aires y la Confederación
Argentina. En un inicio, consideraremos una de las relaciones más
mencionadas en la historiografía tradicional para esta etapa histórica,
“el malón”, para luego trabajar sobre expediciones militares y políticas
de cooptación, así como los alineamientos indígenas producidos en ese
contexto. Trabajaremos sobre los siguientes puntos:
- El malón indígena. Características y motivaciones.
- La frontera Sur. Entre Pedro García y Martín Rodríguez.
- El “negocio pacífico de indios” (1829-52).
- Las campañas al desierto bajo el gobierno de Rosas (1833-34).
- La secesión de Buenos Aires, los pueblos indígenas y la organización nacional (1852-62).
- La unificación del país. El fin de la política de tratados (1862-76).
- La Zanja de Alsina y el avance “defensivo”.
1- El malón indígena. Características y motivaciones.
Una de las justificaciones históricas que se
esgrimieron para explicar el avance estatal sobre el territorio indígena
en Pampa-Patagonia fue la de la necesidad de “poner freno” al malón.
Pero: ¿Qué era un malón? Se trataba de una incursión sorpresiva de
líderes indígenas (lonkos) y sus konas (guerreros); y por lo tanto, eran
similares a las expediciones punitivas que los militares (criollos)
realizaban contra los asentamientos indígenas. Sin embargo, el malón fue
despojado de sus sentidos políticos y económicos y fue colocado en el
lugar de “lo bárbaro”. Así el malón fue “creado” como una práctica
intrínseca de las sociedades indígenas, inherentemente hostiles a los
criollos. El malón quedó reducido a un ataque incivilizado, mientras que
el avance hispano-criollo fue narrado como respuesta racional a esa
barbarie.
Los estudios actuales han demostrado que los
malones deben ser inscriptos en dinámicas internas del mundo indígena y
de las relaciones fronterizas. En esa línea, algunos trabajos proponen
una diferenciación entre las motivaciones de los distintos malones,
articulándose expresiones de venganza, finalidades económicas y
objetivos políticos de mayor envergadura (que implicaban una importante
movilización más allá de las redes parentales así como la realización de
ceremonias previas). Además, se ha descubierto que la práctica del
maloneo fue menos habitual que lo narrado por la historiografía
tradicional, y que la toma de cautivos/as (una de las imágenes más
significativas) estaba restringida a los malones “políticos”, es decir a
los de mayor envergadura. Sin embargo, la violencia hispana suele ser
desconocida, pero no por eso poco habitual [ver recuadro]. Estas
prácticas punitivas contra los indígenas han sido recurrentes, tanto en
tiempos coloniales, como en el periodo de organización nacional.
La violencia hispana
“Este cacique, con carta del gobernador en mano y mostrando su licencia fue muerto de un pistoletazo que le dio en la cabeza el maestre de Campo [Juan San Martín]. Todos los indios adultos fueron muertos quedando cautivos las mujeres y los niños y el hijo menor del cacique, un niño de 12 años de edad (…) Las guerras que estas naciones tienen unas con otras y con los españoles nacen algunas veces de las injurias recibidas porque son inclinados a la venganza…” (Falkner [1774] en Carlón 2013). Así, tras el asesinato del cacique se desataron una serie de malones que se volvieron a repetir en distintos momentos. |
Así como se oculta la violencia hispana, suele
sobredimensionarse la violencia indígena en el malón, atribuyendo su
condición natural a este tipo de sociedad. Otra explicación para el
malón fue comprenderlo como parte de una práctica de robo de ganado
“argentino” para venderlo en Chile. Según esta idea, hasta fines del
siglo XVIII los indígenas se abastecían de ganado cimarrón (salvaje),
pero su extinción provocó que lo obtuvieran irrumpiendo en las estancias
de la frontera bonaerense.
Una serie de nuevos trabajos discuten estas
afirmaciones. En primer lugar, los mercados chilenos no eran el único
destino, ni tampoco el principal: gran parte del ganado era consumido
por la propia parcialidad indígena y el resto era vendido en distintos
puntos de la frontera bonaerense. En segundo término, la extinción del
ganado cimarrón se limitó a algunas áreas, existiendo en otras hasta
bien entrado el siglo XIX. En tercer orden, es difícil sostener que el
malón fuera la única forma de obtención de ganado para los indígenas, ya
que en muchas ocasiones las tropas militares recuperaban los arreos.
Finalmente, pero no menos importante, debiera incorporarse en el
análisis de las motivaciones económicas de los malones la entrega de
raciones a los indígenas por parte del gobierno (producto de los
parlamentos mencionados en la clase 2, así como de tratados entre
indígenas y autoridades, sobre los que hablaremos luego), que permitió
que las comunidades obtuvieran ganado para consumo propio o para la
venta en distintos puntos de la frontera.
| La vuelta del malón, pintura del artista Ángel Della Valle (1892). La imagen como discurso. Observen los contenidos de esta pintura y su relación con el sentido común que tenemos en torno al malón. |
2) La frontera Sur. Entre Pedro García y Martín Rodríguez.
El Coronel Pedro Andrés García fue comisionado
por la Primera Junta para realizar una expedición que, además de
abastecer de sal a la ciudad, brindara un panorama de las relaciones con
los caciques. Entre octubre y diciembre de 1810 llevó a cabo la
expedición a Salinas Grandes, a partir de la cual redactó distintos
informes, donde afirmó la conveniencia de incentivar el comercio con los
caciques, lo que permitiría vigilar al mismo tiempo el tránsito de
ganado en la frontera. En sus escritos, García se mostró contrario a la
introducción del alcohol y los “vicios” entre los indígenas, ya que su
postura oscilaba entre la caracterización de los indígenas como
“salvajes” y su descripción como potenciales “miembros útiles del
Estado, que tendrán un mismo idioma, costumbres y religión que
nosotros”.
Fragmento del Informe de Pedro Andrés García (1810)
“Aquí se me ofrece observar que no solo los extranjeros, desafectos a nuestra nación, tratan injustamente a los indios, como incapaces de la razón, para dar desestimación y desprecio a nuestras obras, sino también en las ciudades capitales de América se encuentran hombres de casi iguales sentimientos. En ellos hay un crasísimo error, fomentado por una innata aversión que nos profesan; en estos es una publica ignorancia…Los indios tienen sagacidad, prontitud, disposiciones y ejecuciones muy oportunas” (Expedición a Salinas Grandes, 1801: 357, en Navarro Floria 1999: 9) |
Años más tarde, los informes del Coronel García
se inscribirían en un debate que tomó dominio público en 1820,
protagonizado por aquellos que incentivaban la guerra contra los
indígenas, como Martín Rodríguez (en ese momento Gobernador de la
Provincia de Buenos Aires), y los que -como García-, apoyaban el trato
pacífico y el avance paulatino. Este debate se extiende durante todo el
período de las autonomías provinciales (1820-1852), es decir que se
inicia tras la caída del poder central en Buenos Aires a manos de las
tropas santafesinas y entrerrianas lideradas por Estanislao López y
Francisco Ramírez y culmina en los albores de la organización nacional.
Este debate se vincula estrechamente con el
interés económico de Buenos Aires, que incentivó la necesidad de
“correr” la frontera indígena en la región. Durante los años
post-revolucionarios, distintos estancieros fueron radicándose al oeste
del río Salado, mediante pedidos de concesión de tierras y negociaciones
con las parcialidades indígenas. Como resultado de esta estrategia de
ocupación territorial, los hacendados no lograron solamente tierras sino
que, mediante acuerdos con algunos grupos indígenas que se instalaron
en sus “propiedades”, adquirieron mano de obra para las faenas rurales.
El caso más emblemático fue el de Francisco
Ramos Mejía, quien fundó la estancia Miraflores en el actual partido de
Maipú y, en marzo de 1820, ofició de intermediario en la firma del
Tratado de Miraflores. En sus diez puntos se destacó que las
parcialidades reconocían al gobierno provincial, que éste hacía lo
propio con una serie de caciques y que “Se declara por línea divisoria
de ambas jurisdicciones el terreno que en esta frontera los
hacendados (han alcanzado), sin que en adelante pueda ningún habitante
de la Provincia de Buenos Aires internarse más al territorio de los
indios” (Artículo 4ª).
Este fue uno de los puntos de tensión del
tratado, ya que estipulaba que no habría más incursiones gubernamentales
en el territorio indígena. En 1821 se llevó adelante un malón comandado
por indígenas que no habían firmado el acuerdo. El Gobernador de Buenos
Aires, Martín Rodríguez, respondió militarmente atacando a todos los
grupos indígenas (más allá de haber o no firmado el tratado). Juan
Manuel de Rosas, en ese entonces hacendado, se opuso a tal medida pero
no fue escuchado. A partir de este ataque, la frontera se volvió un
espacio conflictivo, desatándose así una fuerte crisis. En 1823, Martín
Rodríguez fundó el Fuerte Independencia (hoy Tandil) lo cual violaba lo
suscripto en el Tratado de Miraflores. En 1824 llegó hasta la región que
es hoy Bahía Blanca, pero el proyecto de fundación fue abandonado por
el momento por inviable.
Con estas incursiones militares la relación
entre autoridades bonaerenses e indígenas alcanzó un punto de tensión
irresoluble, expresado normativamente cuando el gobierno dispuso, en
1824, la prohibición “en todo el territorio de la provincia el comercio
con los salvajes mientras que ellos no adhieran a alguna transacción o
avenimiento” (Registro Oficial de la Provincia de Buenos Aires). La
interrupción del comercio, perjudicaba a la región fronteriza, donde
tanto criollos como indígenas actuaban como bisagra en los circuitos
económicos que venían de la urbe (Buenos Aires) hacia tierra adentro y
viceversa. Por ello, la aplicación de esta medida fue limitada. Años más
tarde, la figura de Juan Manuel de Rosas encarnaría un giro en la
relación entre el gobierno y las parcialidades indígenas, el que se
extendería hasta su caída en 1852.
3) El “negocio pacífico de indios” (1829-1852).
Como estanciero y funcionario bonaerense,
durante la década de 1820 Juan Manuel de Rosas había adquirido una vasta
experiencia en la comprensión de las relaciones con las distintas
parcialidades indígenas. En 1829, al asumir su primer mandato como
Gobernador de la Provincia de Buenos Aires, instauró un sistema conocido
como “negocio pacífico de Indios” que conjugaba la cooptación de
parcialidades a través de negociaciones, entrega de raciones y acuerdos,
con violentas campañas militares contra aquellos que no aceptaran las
condiciones pacíficas (como veremos en el punto 4).
A las parcialidades que aceptaron la política
gubernamental se las designaba como “indios amigos”. Pero es importante
tener en cuenta que estos “indios amigos” siempre negociaban en
condiciones de desigualdad política, cediendo autonomía en su accionar
interno. De esta manera, estas parcialidades “amigas” quedaban insertas
entre dos coyunturas que hacían precaria su situación política. Por un
lado, la expansión criolla y, por el otro, los enfrentamientos con otras
parcialidades llegadas de “tierra adentro” que detentaban un espacio
territorial en zonas de frontera. De hecho, los conflictos entre
diferentes parcialidades fueron de gran utilidad para los planes de los
rosistas que, aprovechando los enfrentamientos, lograban eliminar a los
grupos hostiles al gobierno (recordemos, por ejemplo, que algunas
parcialidades indígenas recibieron a exiliados políticos –enemigos de
Rosas- dentro de sus tolderías). En tal sentido, los “indios amigos”
estaban obligados a prestar servicio de armas para enfrentar a otras
parcialidades indígenas.
Un aspecto que sobresale en las fuentes es la
comprensión que los líderes indígenas tenían en torno a la firma de
pactos. Los mismos solían ser leídos a título personal, es decir que
eran entendidos como una relación de los caciques con Rosas y no con el
gobierno de Buenos Aires, motivo por el cual se negaban a hacer caso a
las órdenes de los comandantes de frontera. Esto se explica por la forma
de “hacer política” al interior de las parcialidades indígenas, en
donde la relación es cara-a-cara y se genera una reciprocidad positiva.
Por su parte, el rosismo apelaba, mediante
estos tratados, a las ventajas que podía brindarle un cacique, no solo
como guerrero sino por sus aptitudes políticas y diplomáticas. En muchas
comunicaciones Rosas apelaba a la figura del padre y a los indios como
sus hijos.
Como sea, las formas personales implicaron la
necesidad de adaptarse a la que tuvieron que adherir tanto las
autoridades criollas (comenzando por el propio Gobernador), como los
líderes indígenas. Los vínculos con los indios amigos eran centrales
para reforzar la frontera y la relación con el gobierno rosista generaba
una importante legitimidad de los lonkos al interior de sus
parcialidades (siempre que los regalos y las raciones llegaran y fueran
redistribuidas).
Entre las alianzas establecidas por Rosas
sobresale la mantenida con Calfucurá, quien llegado de la región del
Llaima, se instaló en Salinas Grandes como su aliado, desplazando a
otras parcialidades enemigas y acumulando un prestigio que excedió los
límites de su parcialidad. Calfulcurá era capaz de congregar a
diferentes grupos indígenas (desde las vecinas de Buenos Aires, hasta
las del sur de Córdoba o las de la región cordillerana del Neuquén y
tras-cordillera).
En suma, protección y circulación de bienes a
través de raciones y regalos en el marco de relaciones entendidas como
recíprocas jugaron un rol preponderante en la política rosista,
permitiendo mantener durante décadas una tensa “armonía” en la frontera
sur. Los indígenas entendían a las raciones y a los regalos como una
retribución por la paz y la amistad brindada y era una herramienta vital
del establecimiento de relaciones, que a su vez debían repartirse con
otros líderes de la parcialidad.
FUERZAS REGULARES, MILICIANAS E INDÍGENAS EN 1836
| FUERTE |
FUERZAS REGULARES |
MILICIAS | INDIOS AMIGOS |
TOTALES POR FUERTE |
| Federación | 49 (6,5%) | 290 (38,6%) | 412 (54,9%) | 751 |
| 25 de Mayo | 54 (21,3%) | 130 (43,5%) | 89 (35,2%) | 273 |
| Tapalqué – Azul | 22 (1,7%) | 390 (29,7%) | 899 (68,6%) | 1311 |
| Independencia | 20 (4,6%) | 94 (21,7%) | 320 (73,7%) | 434 |
| Bahía Blanca | 672 (51,2%) | Sin milicianos | 640 (48,8%) | 1312 |
| Totales por tipo de cuerpo |
817 | 904 | 2360 |
Fuente: Listas de Revista, AGN, Sala 3, cajas 124, 125 y 126 (en Silvia Ratto 2002).
4) La Campañas al Desierto bajo el gobierno de Rosas (1833 y 1834).
Juan Manuel de Rosas fue protagonista por más de dos décadas de las relaciones entre indígenas y cristianos (criollos).
Tras gobernar Buenos Aires entre 1829 y 1832, y al negarse a encarar un
nuevo mandato porque no le renovaban facultades extraordinarias, retomó
su cargo de Comandante General de Campaña (máximo funcionario militar
en la región rural de Buenos Aires) y emprendió la expedición militar
que, en la actualidad, es definida como “la otra cara del negocio
pacífico de indios”.
Las tropas comandadas por Rosas contaron con el
aporte de los hacendados bonaerenses interesados en obtener más
tierras. La campaña de 1833 y 1834 partió desde Los Cerrillos, la
estancia de Rosas, con 1500 hombres, y logró consolidar la avanzada
alcanzada en la década de 1820 por Martín Rodríguez. Para los indígenas,
la incursión significó que los cristianos pudieran recorrer y
reconocer regiones que antes les habían sido vedadas. De esta manera se
conocieron pasos, caminos y se pudo armar un panorama más completo de
indios amigos (dentro de la región fronteriza), aliados (autónomos,
pero con relaciones con el Estado) y enemigos (en abierta
confrontación).
La expedición de Rosas. 1833. Avances en la frontera.
|
Sin embargo, la imagen del “negocio pacífico” y
la figura de Rosas como amigo de los indígenas en la frontera, dista de
los partes militares que informan la muerte de más de 3.200 indios
muertos y 1.200 indígenas prisioneros durante las campañas de 1833 y
1834.
5) Entre la secesión de Buenos Aires y la unificación. Los pueblos indígenas y la organización nacional (1852-1862).
La caída de Rosas a manos de Urquiza en 1852
impactó de manera directa en la frontera sur. La separación de Buenos
Aires del resto de la Confederación también modificó todo el espacio
fronterizo. Buenos Aires intentó aplicar políticas agresivas para
extender la frontera hacia el oeste. A esto se le sumó la suspensión de
las raciones y el reemplazo de los jefes militares con quienes las
comunidades habían estrechado un vínculo personalizado. Así, entre 1853 y
1855, se vivió una intensificación de los conflictos entre el estado
bonaerense y la conocida Confederación Indígena de Cafulcurá. En ese
contexto, algunas derrotas del Ejército de Operaciones del Sud (de
Buenos Aires) producidas en 1855 en Sierra Chica y Tapalqué, obligaron
al gobierno bonaerense a claudicar en su idea de expandir las fronteras.
Se iniciaron negociaciones que derivaron en nuevos acuerdos y entregas
de tierras.
A su vez, Cafulcurá y algunos lonkos ranqueles
entraron en negociación con funcionarios de la Confederación Argentina
(presidida por Urquiza). En ese sentido el escenario geopolítico, entre
1852 y 1862, se tornó bifronte para las parcialidades pudiendo negociar
con Buenos Aires y/o con la Confederación, en función de las
posibilidades de establecer estrategias con el gobierno de Buenos Aires y
la Confederación. En 1854 Calfulcurá y los lonkos ranqueles Pichún y
Calbán pactaron como aliados de Urquiza e iniciaron el hostigamiento a
la frontera de Buenos Aires. Como parte de estas alianzas, en la Batalla
de Cepeda (1859), la Confederación Argentina dispuso del apoyo de
fuerzas indígenas, y contó como aliados a distintas parcialidades que
“maloquearon” la frontera bonaerense para erosionar a los porteños y
aportar a la victoria del Interior.
6) La unificación del país. El fin de la política de tratados (1862-1876).
Con la incorporación de Buenos Aires a la
Confederación Argentina en diciembre de 1861, comenzó un nuevo periodo
en la relación con los indígenas. La unificación política del país
permitió de forma explícita discutir las políticas a seguir con las
parcialidades en la frontera sur y en la frontera norte. Así, en 1863,
se debatió en la Cámara de Diputados un proyecto para desplazar la
frontera norte. Sin embargo la rebelión de Ángel “Chacho” Peñaloza en La
Rioja suspendería las deliberaciones, poniendo en el centro de la
escena política y militar la necesidad de sofocar las montoneras del
Chacho Pañaloza. Se debía garantizar el orden interno antes de llevar al
estado al dominio de los territorios indígenas. A su vez, la
participación, junto al Uruguay y al Brasil, en la contienda bélica
contra el Paraguay (iniciada durante la presidencia de Mitre) implicó la
movilización de la oficialidad y las tropas hacia la región paraguaya.
De tal forma que la frontera quedó como un problema importante pero
relegado ante una coyuntura urgente. De tal forma que la frontera quedó
como un problema importante pero relegado ante un contexto urgente. Más
allá de la coyuntura militar, hubo cambios en términos legales que no
fueron menores.En 1867 se sanciona la Ley Nacional N° 215, llamada “de ocupación de la tierra”. En ella se indicaba que:
Art. 1º - Se ocupará por fuerzas del
Ejército de la República la ribera del río Neuquén… desde su nacimiento
en los Andes hasta su confluencia en el Río Negro en el Océano Atlántico
estableciendo la línea en la margen Septentrional del expresado Río de
Cordillera a mar. Art. 2º - A las tribus nómades existentes en el
territorio nacional comprendido entre la actual línea de frontera y la
fijada por el artículo 1º de esta ley, se les concederá todo lo que sea
necesario para su existencia fija y pacífica. Art 3º - La extensión y
límite de los territorios que se otorguen en virtud del artículo
anterior, serán fijados por convenios entre las tribus que se sometan
voluntariamente y el Ejecutivo de la Nación – Quedará exclusivamente al
arbitrio del Gobierno Nacional fijar la extensión y los límites de las
tierras otorgadas á las tribus sometidas por la fuerza Art. 4º - En el
caso que todas ó algunas de las tribus se resistan al sometimiento
pacífico de la autoridad nacional, se organizará contra ellas una
expedición general hasta someterlas y arrojarlas al Sud de los Ríos
Negro y Neuquén. (…)
Durante la presidencia de Mitre (1862-1868) y
los primeros meses de la gestión de Sarmiento (1868-1874), la pretensión
de extender el territorio de acuerdo a esta ley resultó inviable, y
recién con el fin de la Guerra del Paraguay y el retorno del Ejército
(entre fines de 1869 y 1870) se modificó la relación de fuerzas en la
frontera. En 1869 el ingeniero húngaro Juan Cztez (incorporado al
Ejército Nacional) realiza su informe de reconocimiento del territorio
pampeano-patagónico. El objetivo era mejorar los fuertes y las
condiciones para cumplimentar el avance previsto por la legislación. En
junio de 1870, se sancionó la Ley Nacional N° 385 que permitió al
Ejecutivo disponer de la suma para realizar la campaña militar.
Entre 1871 y 1872, se concretarían las campañas
contra los ranqueles y Cafulcurá, quién derrotado en la batalla de San
Carlos (1872) y moriría un año más tarde. En los años siguientes la
posibilidad de los indígenas de negociar, firmar tratados o convenios o
recibir raciones, se reducirá al mínimo. Se daba comienzo a la política
de ocupación, despojo y exterminio.
7) La Zanja de Alsina y el avance “defensivo”.
En 1874 el presidente Nicolás Avellaneda
designó a Adolfo Alsina como Ministro de Guerra y Marina, quien en dicha
función ideó una estrategia que recibió furibundas críticas: “La Zanja
de Alsina”. El plan consistió en establecer fortines cada una legua
(poco más de cinco kilómetros) dependientes de una serie de comandancias
militares (Italó, Trenque Lauquen, Carhué, Guaminí y Puan), que debían
estar conectadas mediante el flamante telégrafo. Entre ellos se extendió
una zanja en cuyo emplazamiento trabajaron alrededor de 800 hombres, y
que en muchos sectores adquirió la forma de un muro debido a la dureza
del terreno.
En rojo se indica la frontera de 1876 y en azul
el avance de la frontera y las comandancias militares fundadas en 1876
en el marco del plan del Ministro de Guerra Adolfo Alsina. Dichas
marcaciones están insertadas en el “Plano General de la Nueva Línea de
Fronteras sobre La Pampa”, confeccionado por el ingeniero Jordan Wisocky
en marzo de 1877. Mapa diseñado y cedido por Laura Ruggiero.
La avanzada se inició en 1876, pero la zanja
quedó trunca por el fallecimiento de Alsina a fines de 1877. De los más
de 600 kilómetros proyectados el trazado fue menor a 400. Sin embargo,
lo que fuera formulado como una estrategia “defensiva” fue, en rigor, la
incorporación de más de cincuenta mil kilómetros cuadrados de tierras
indígenas al control del gobierno nacional, cuyos habitantes se vieron
imposibilitados así de acceder a pasturas y aguadas. Esta avanzada
colocó al ejército a las mismas puertas de la actual patagonia con bases
seguras y comunicadas telegráficamente, cuyo resultado fue el aumento
notable de su eficacia ofensiva. Al respecto es interesante advertir
cómo, a lo largo de la historia, la estrategia de Alsina fue
caracterizada como “defensiva” en contraposición a la política
“ofensiva” de Julio A. Roca, cuya victoria de hecho se cimenta en la
política de Alsina.
| Mambrú Alsina y el diario La Nación (1876) El diario La Nación se encargó de fustigar al Ministro Alsina. Es en parte por estos relatos, que la figura de Alsina es recordada como la de un Ministro inútil y con políticas defensivas. “Los diarios del gobierno vienen anunciando que Alsina va a realizar muy pronto la espedición al desierto, y con tal motivo entonan en coro himnos de alabanzas en honor del hidrográfico ministro. Todo esto no pasa de ser una gran farsa. Alsina no ha pensado ni piensa en semejante espedición. Ya lo veremos y nos convenceremos todos. ¿A que no la realiza Alsina?” (Diario La Nación Nº 1642. 12/01/1876. Artículo “Espedición al desierto”). Y unos meses más tarde cuando la zanja se concretó, La Nación ironizaba: “El Dr. Alsina ha avisado por telégrafo que Freire [que se encuentra en la ‘Laguna del Monte’, 36 leguas más afuera de la línea de frontera] tenga un encuentro con los indios. El émulo de Mambrú ha olvidado que, entre tanto, él sigue comiendo, bebiendo y durmiendo a pierna tendida en el pueblo del Azul sin importarle un comino de todas las desgracias que su presencia en la frontera ha producido, y pensando solo en gozar de la vida a espensas del tesoro que lo sostiene. ¡Y hay quien pone en duda el talento de nuestro ministro de la guerra!” (Diario La Nación Nº 1717. 13/04/1876. Artículo “Avisos de Mambrú”). |
Consideramos, que hay que comprender la zanja
de Alsina no como un límite fronterizo; sino como la última frontera, es
decir una frontera de corta duración, previa al avance hasta el Río
Negro. Es una nueva forma de avance estatal, acompañada por un cambio de
discurso sobre el indígena que fue homogeneizado como un enemigo innato
y deshumanizado.
A modo de cierre
Nos
interesa que podamos observar una línea que conecta todo este largo
periodo histórico. Entendemos que esa conexión no está en el análisis de
las parcialidades indígenas; sino en las formas que el estado las fue
conociendo y controlando. Debemos prestar atención a la
correlación de fuerzas del estado para ver los momentos de avances y los
momentos de debilidad en la frontera. Hubo que firmar tratados con los
indígenas, para luego olvidarlos; hubo que crear un enemigo, hacerlo
indómito, salvaje y homogéneo; hubo que legalizar la posibilidad de
expulsarlo de sus tierras y conformar leyes que financien dicho avance;
hubo que conocer los territorios y las tolderías de los indígenas,
comprender sus prácticas y sus formas de defensa; finalmente hubo que
correr las fronteras y con ese corrimiento la expulsión de grandes
parcialidades indígenas (Calfulcurá, Coliqueo; Catriel) que, otrora eran
“amigas” o “aliadas” a la Confederación Argentina y/o al estado de
Buenos Aires. Las piezas estaban colocadas para el avance final.
Veremos, en la próxima clase, el avance sistemático del estado argentino
sobre los territorios y los cuerpos indígenas.
Bibliografía
Carlón, Florencia. 2013. Liderazgos indígenas, conflictos y mediación en la frontera pampeana bonaerense durante el siglo XVIII.Tesis doctoral, Universidad Nacional de Quilmes. Bernal.
Navarro Floria, Pedro. 1999. “‘Formar patria a
hombres que no la tienen’. Pedro Andrés García, entre la frontera
colonial y la política de conquista”. En: Revista Complutense de Historia de América. 25. Universidad Complutense de Madrid. Madrid. Pp. 253-280.
Ratto, Silvia. 2002. “Una Experiencia
fronteriza exitosa: El negocio pacífico de indios en la provincia de
Buenos Aires (1829-1852). En: Revista de Indias. Vol. LXIII. Núm. 227. pp 191-222.
Historia de un país. Capítulo 2. La Campaña al Desierto
Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=p04GPnNE38k
Los invito a leer la última clase...
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