Nos aproximamos a la útima clase que propone la trayectoria de Nuestra Escuela.
Teniendo en cuenta que estas temáticas despiertan controversias dentro de nuestra sociedad, se informa a nuestrxs lectores que toda esta información que se comparte es producto de investigaciones académicas y científicas de Licenciados y Doctores en Historia y/o en Antropología pertenecientes a prestigiosas Universidades Argentinas.
Es decir, los opinólogos, los allegados a la historia que hacen usurpación del título de historiadores, los pseudo periodistas bancados por la Sociedad rural o por otros sectores de poder, quedan excluídos, simplemente, por ejercer la mentira sistemática y carecer de verdad histórica.
Es decir, los opinólogos, los allegados a la historia que hacen usurpación del título de historiadores, los pseudo periodistas bancados por la Sociedad rural o por otros sectores de poder, quedan excluídos, simplemente, por ejercer la mentira sistemática y carecer de verdad histórica.
Ahora sí, los invito a leer...
El sometimiento y el destino de los pueblos indígenas.
En la clase anterior vimos los cambios que se
dieron en la frontera sur desde el periodo rosista hasta el proceso de
organización nacional, y la creación de la Zanja de Alsina como
estrategia ofensiva necesaria para el posterior avance iniciado con la
llamada “Conquista del Desierto”. Sobre esta conquista trabajaremos en
esta oportunidad, observando como a través de diferentes dispositivos de
poder y prácticas como el confinamiento, el cambio de nombres, la
distribución forzada, la violencia y la eliminación física se fue
socavando aun más la identidad indígena. Estos dispositivos condujeron a
la invisibilización y la autodesmarcación de descendientes de
comunidades originarias en la actualidad; pero estos procesos
traumáticos también generaron nuevas comunidades y reivindicaciones en
pos de un reconocimiento identitario y territorial. En este sentido,
esta última clase busca relacionar el pasado y presente de los pueblos
indígenas de la Pampa y Patagonia. Trabajaremos los siguientes puntos:
- La conquista y el reparto de los territorios: hecha la ley… (1878-1885).
- La incorporación forzada: los campos de concentración y el sistema de repartos.
- (Re)emergencia étnica y legislación indígena.
- Los conflictos actuales por el territorio y el proceso de judicialización.
1) La conquista y el reparto de los territorios: hecha la ley… (1878-1885).
Como vimos la clase pasada, el avance de Alsina
(1874-76) proporcionó las condiciones necesarias para el avance militar
final en Pampa y Patagonia. Hacia 1878, el estado argentino emprendió
numerosas acciones contra los indígenas: durante ese año las tropas
nacionales, mediante 23 expediciones, asesinaron a más de 400 indígenas y
apresaron a otros 4.500 (según las fuentes, 900 hombres y más de 3.600
mujeres, niños y ancianos). Entre los apresados se encontraban
prestigiosos lonkos como Pincén, Epumer y Juan José Catriel. El
Ministro Roca organizó el avance militar con el objetivo de finalizarlo
el 25 de Mayo de 1879; el mensaje era claro: “La Conquista del
Desierto” era una gesta patriótica que refundaba la Nación.
Como distintos estudios históricos y
antropológicos han mostrado, el reparto de las tierras fortaleció la
estructura económico-social basada en el modelo agro-exportador de
sectores terratenientes, a través del aval de un Estado conservador que
favoreció a sus propios intereses de clase. Los territorios incorporados
equivalían a casi cuarenta millones de hectáreas. Buena parte de estos
territorios pasaron a manos privadas, otros comenzaron a ser territorio
fiscal. Pero en ambos casos dejaron de estar bajo el dominio indígena.
La privatización de tierras parte de una serie
de normas legales,entre ellas la Ley N° 947 de octubre de 1878 que,
mediante un empréstito, autorizó al Poder Ejecutivo a invertir 1.600.000
pesos para llevar adelante el avance militar hasta la frontera del Río
Negro (que luego se amplió a 2.200.000 pesos).
Fragmento de la Ley N° 947 sancionada en 1878.
“El Poder Ejecutivo queda autorizado para levantar sobre la base de todas las tierras públicas mencionadas una suscripción pública para los gastos que demande la ejecución de la ley. A medida que avance la línea de frontera se harán mensurar las tierras y levantar planos, dividiéndose en lotes de 10.000 hectáreas, con designación de sus pastos, aguadas y demás calidades, todo lo cual se hará constar en un registro especial denominado Registro Gráfico de las Tierras de Frontera". |
Esta ley no hacía mención alguna a la población
indígena y autorizaba al gobierno a vender títulos de propiedad sobre
las extensiones a conquistar. Estos títulos permitían repartir
propiedades desde 10.000 hasta 30.000 hectáreas pero, en muchos casos,
se superaron las extensiones propuestas llegando a más de 90.000
hectáreas. Por ello se puede decir que la conquista se constituyó en una empresa mixta
que combinó capitales privados y recursos estatales. De este modo
pasaron al dominio privado 5.498 leguas cuadradas (casi 14 millones de
hectáreas), de las que 1.399 estaban ubicadas en la provincia de Buenos
Aires; 3.159 en el territorio de La Pampa, 594 en Córdoba; 66 en San
Luis; 46 en Mendoza y 232 en Río Negro. Se ocuparon así las mejores
tierras, que se destinaron al agro y la ganadería.
Una segunda norma, la Ley N° 1.265 “de Remate
Público”, se sancionó en 1882. A través de ella se remataron en Buenos
Aires y en las embajadas argentinas de París y Londres más de cinco
millones de hectáreas. La Ley N° 1628 (de "Premios Militares") fue un
tercer andamiaje jurídico. Sancionada en 1885, otorgó concesiones
directas de tierras entre La Pampa y Tierra del Fuego a los
“Expedicionarios del Desierto”, distribuyéndose así 4.750.741 hectáreas a
541 oficiales. En muchos casos estos bonos fueron vendidos a
terratenientes que ya poseían tierras, quienes ampliaron así sus
latifundios.
De forma casi paralela, en 1884 se sancionó la
Ley N° 1.501 de “Concesión de Tierras Públicas para Ganadería” conocida
como “Ley del Hogar”. Se buscaba ordenar la subdivisión de las tierras
fértiles en lotes de 625 hectáreas destinados para la venta a pequeños
pobladores sin tierra, para así crear colonias agrícolas-pastoriles. A
partir de esta ley se entregaron tierras a poblaciones indígenas
sometidas: por ejemplo en el actual territorio de Chubut, en Colonia San
Martín se radicó el cacique Valentín Sayhueque y su gente, y en Colonia
Cushamen se estableció la tribu del cacique Nahuelquir. Estas colonias
fueron escasas en número y tuvieron grandes problemas, pues las tierras
entregadas eran inadecuadas para la práctica de la ganadería extensiva.
A su vez, la Ley N° 1532 de 1884 creó hacia el
sur los Territorios Nacionales de La Pampa, Río Negro, Neuquén, Chubut,
Santa Cruz, Tierra del Fuego (mientras que en el noreste del país se
crearon los Territorios Nacionales de Misiones, Formosa y Chaco), los
que pasarían a ser gobernados por funcionarios elegidos por el Poder
Ejecutivo Nacional. Esta Ley indicaba que con “… las tribus indígenas
que morasen en el territorio de la gobernación… [se debía crear], con
autorización del Poder Ejecutivo, las misiones que sean necesarias para
traerlos gradualmente a la vida civilizada”. De esta manera se reconocía
la preexistencia de los indígenas, pero los ubicaba en un grado
inferior de “evolución”. Fue así como, mientras grandes extensiones eran
entregadas a un grupo restringido de terratenientes nacionales y
extranjeros, tuvo lugar una política de radicaciones para algunas
parcialidades, que respondieron en cada caso a los preconceptos de los
gobernantes de turno acerca de la conducta “civilizada”, o la
potencialidad “civilizable”, de los grupos en cuestión.
2) La incorporación forzada: los campos de concentración y el sistema de repartos.
Los dispositivos y prácticas que socavaron la
identidad indígena, como dijimos, fueron el confinamiento en campos de
concentración, el reparto forzado en diferentes espacios productivos, la
separación de familias, el cambio de nombres, la imposición de la
religión católica, la violencia y la eliminación física, que se
combinaron de distintas formas. Si bien numerosos indígenas murieron
bajo las armas o por las largas caminatas a las que fueron sometidos
tras el avance estatal, en realidad la mayor parte de la población
indígena fue apresada y quedó a disposición del gobierno nacional; los
que lograron permanecer en los territorios también fueron sometidos de
formas violentas y sutiles, ya que los espacios productivos de frontera
los tuvieron como empleados en condiciones paupérrimas e indefensos ante
conflictos con quienes detentaban el poder a nivel local (Delrio 2005).
La destrucción de lazos de parentesco, la
enajenación de la fuerza de trabajo, la negación identitaria, la
violencia y el reparto forzoso fueron prácticas de desestructuración
social que integraron las políticas del Estado sobre la denominada
“cuestión indígena”, que pasó a resolverse con la desaparición (siempre
incompleta) de esta población. A continuación desarrollaremos dos
dispositivos que fueron centrales en el proceso de invisibilización de
los indígenas: (a) los campos de concentración dispuestos por el Estado
(b) las formas de repartimiento y distribución de los indígenas
sometidos en espacios no estatales. En ambos casos, se efectuaron
cambios de nombres, rupturas de lazos de parentesco, imposición de
creencias religiosas, actos de violencia, prohibición de prácticas
sociales propiamente indígenas; los que también tuvieron lugar fuera de
estos dos dispositivos.
(a) los campos de concentración
¿Por qué campo de concentración? Utilizamos el concepto“campo de concentración” para caracterizar algunos espacios de encierro de indígenas antes, durante y posteriormente a las campañas militares. Este término se remonta al siglo XVII. Un campo de concentración es un sistema con reglas internas que permiten generar políticas y controles sobre grupos definidos de la población. El campo de concentración, en tanto concepto, no es un lugar de encierro de un individuo pero sí de colectivos que son destinados a ese campo por ser vistos como una amenaza. Giorgio Agamben (2001) ha reflexionado sobre estos sistemas de concentración y su aplicación en diferentes momentos de la historia. Es interesante dejar en claro que los indígenas no son enviados a los lugares de confinamiento por crímenes o por haber incumplido normas; sino por su condición de indígenas incivilizados y bárbaros. De ahí se desprenden todos los dispositivos de control para “transformar al indígena” en un ser “útil” a la sociedad. A modo de ejemplo, hacia fines del siglo XIX, en el largo periodo de guerras por la independencia cubana; los militares españoles encerraron y concentraron a un número importante de población cubana. Estos campos (denominados de "reconcentración") eran lugares en los que se buscaba regenerar a la población en favor de España. Una pregunta válida suele ser si un campo de concentración es un campo de exterminio. Lo cierto es que el campo de exterminio opera como un tipo particular de campo de concentración. Pero la finalidad es eliminar físicamente a ese grupo concentrado. En otras palabras todo campo de exterminio es campo de concentración, pero no todo campo de concentración es campo de exterminio. A modo de ejemplo Agamben menciona los estadios de fútbol utilizados, en Italia, para encerrar población inmigrante ilegal antes de su deportación. Esos hombres, mujeres, niños y niñas encerrados están fuera de las normas del estado italiano, para regirse por normas propias al campo de concentración. De igual forma, los indígenas en la isla de Martín García no poseen los derechos de un habitante del suelo argentino (por no mencionar a los derechos de un ciudadano); sino que están insertos de otro tipo de lógica que buscará “redimirlos” de su condición de indígena a partir de una serie de operación de control sobre sus cuerpos y sus relaciones sociales. |
La política de concentración de indígenas en
espacios dispuestos por el Estado tiene en la Isla Martín García uno de
los ejemplos paradigmáticos. Allí se registró la llegada de contingentes
indígenas a partir de agosto de 1871, cuando el entonces Coronel Luís
Py solicitó: “lista de indios e indias que se hayan recibido en ese
punto en diferentes remesas” (Archivo General de la Armada, 22/08/1871,
caja 15272). Los últimos registros de indígenas en la isla datan de
1886/87; una nota de diciembre de 1886 hace mención a los “32
presidiarios e indios presos que existen en esta isla” (AGA 15286,
07/12/1886), mientras que en los registros mensuales de 1887 se piden
los racionamientos para los indígenas que aún permanecían en Martín
García (Nagy y Papazian 2011).
Sin embargo la Isla Martín García no fue el
único sitio donde se concentraron indígenas. En Púan (provincia de
Buenos Aires); en Valcheta y Chichinales (Río Negro) y en Junín de los
Andes (Neuquén), se encontraron registros de lugares de encierro. Además
a fines de la década de 1870, algunos contingentes fueron concentrados
en cuarteles militares de la ciudad de Buenos Aires (Retiro, Palermo,
Once y Chacarita) y en los cuarteles de Tigre. Veamos el ejemplo de
Puán: hay registros documentales que indican como en noviembre de 1877
el ejército asesinó a más de 150 indígenas catrieleros (denominados
“amigos”) y envió a Puán a otros 400 (entre ellos mujeres y niños), que
luego fueron encerrados en Martín García. En 1879, el inglés George
Newbery llegó a la zona en el afán de obtener tierras, y describió la
siguiente escena:
“…fuimos hasta una toldería que rodeaba un
manantial a orillas de un pequeño lago que mi baquiano llamó Puán lo que
quedaba eran unas chozas cubiertas con cueros cercados por un ancho
paredón… Cuando estábamos suficientemente cerca para poder apreciar
mejor a éste paredón pregunté a mi baquiano que propósito servía ya que
los otros fortines llevaban una fosa que cercaba a un mangrullo... Esto
produjo en Luán un arranque de indignación; a través de su furioso
caudal de palabras supe que Puán había servido de campo de
concentración…”
De igual forma, Don Anastasio Ledesma, gaucho,
alambrador y soldado de las expediciones al desierto, contaba en 1957,
que en 1878: “… se dieron grandes “sableadas” contra los indios del
cacique Pincén. La primera operación grande fue un encierro de indios en
Curamalal, después de algunos hechos aislados a sable o a carabina.
Cuando tomamos muchos prisioneros los jefes dispusieron que los
lleváramos a Puán pero los indios viejos se resistieron a marchar.
Agotados todos los recursos hubo orden de degüello a los más rebeldes
para ejemplo del resto de la tribu”.
Como hemos dicho, el proyecto de avance no se
sustentaba en el exterminio sino en la desarticulación de las sociedades
indígenas y su utilización como mano de obra semi-esclava. Muchos
indígenas destinados al confinamiento fueron obligados/as a marchar a
pie, escoltados por el Ejército o por particulares contratados, hasta
llegar a los puntos de embarque. Estas caminatas, en muchos casos,
llevaron a la muerte a una gran cantidad de mujeres, ancianas y niños
que no soportaron las condiciones inhumanas del traslado.
Ahora bien, estos traslados hacia los campos de
concentración o hacia puntos de distribución forzada sirvieron al doble
propósito de abaratar el costo de racionamientos destinados a las
tribus y evitar el sistema de colonias que representaban asimismo gastos
para el erario público. La “conversión forzada” de los indígenas en
recursos productivos, especialmente en los espacios no estatales pero
también dentro de los campos de concentración, subsanó las falencias de
un mercado de trabajo exiguo en las zonas de crecimiento de economías
regionales. En tal sentido, las investigaciones sobre la Isla Martín
García permiten aseverar que los indígenas ingresaron por su condición
de tales, y fueron catalogados como aptos para el trabajo
(“disponibles”) o “inútiles o débiles”.
La isla era un campo de concentración aunque se
formulara como un espacio “civilizador”. En Martín García intervenían
misioneros, docentes y médicos. Pero sobre todo, la Armada utilizó la
mano de obra indígena en la explotación de canteras (piedras y arena que
es destinada al empedrado de Buenos Aires) o como marineros. A pesar de
trabajar como soldados los indígenas no podían salir de su
confinamiento, mientras a los criollos se les daba la “baja” tras un
lapso de 2 o 4 años.
Para comprender el papel de estos lugares de
encierro en el proceso de invisibilización es importante tener en cuenta
también el “borramiento” de las identidades a través de la imposición
de nombres. El Ejército desarrolló este tipo de prácticas pues “…que
siendo indios que algunos ni tienen nombres, se acepta el medio que
indica de darles uno, haciéndoles comprender deben tenerlo presente…”
(Luis María Campos” 28/03/1876. AGA, caja 15276). De igual forma, la
Iglesia y sus misioneros también modificaron nombres en los actos
bautismales, tomando en ciertos casos el nombre del sacerdote que
presidía el acto, el de los padrinos o el nombre de la isla (Martín Isla
o Martín García). El confinamiento de los indígenas permitió su control
y utilización como mano de obra, pero, como veremos en el siguiente
apartado, estos espacios no fueron los únicos ni los más importantes en
términos económicos.
Listado. “Hombres del Lazareto… inútiles o débiles”. Archivo General de la Armada. Caja 15283. |
b) El sistema de repartos
Como dijimos, una vez apresados los indígenas
eran trasladados y confinados en distintos espacios dependientes del
Ejército y la Marina. Pero también fueron distribuidos de manera forzada
en emprendimientos productivos (estancias, ingenios, viñedos, canteras,
etc.) y en el servicio doméstico en ciudades (en especial en el caso de
niñas/os y mujeres), donde sufrieron distintos tipos de violencia.
La distribución forzada podía ser efectuada de
forma inmediata a la captura o podía estar “mediada” por la estadía en
algún espacio de concentración estatal. La política de distribución fue
parte de un sistema de control, disciplinamiento y explotación amplio y
complejo donde los indígenas, en muchos casos, eran separados de sus
familias y entregados a pedido de particulares para distintas
funciones. A modo de ejemplo los documentos del Archivo General de la
Armada muestran una orden militar que cumplimentaba un pedido de
indígenas ordenando que “… sean entregados al Señor Don Gregorio Torres…
once indios de los existentes en esa isla [de Martín García], con sus
mujeres respectivas e hijos. (…) Luís María Campos [firma]”.
El traslado forzado de indígenas incluyó a
distintas zonas del país, con la consecuente desarticulación y el
desmembramiento de las comunidades. A modo de ejemplo, en 1886, le son
“…entregados al Sr. Gobernador del Territorio de Misiones Coronel Don
Rudecindo Roca [hermano de Julio Argentino] los indios con sus familias
que se encuentran en la isla de Martín García y que han revistado hasta
ahora en calidad de indios presos”. El sistema de reparto no sólo se
utilizó dentro Buenos Aires o en los Territorios Nacionales
recientemente creados; también en Mendoza hubo repartos en favor de
Rufino Ortega (militar, terrateniente y gobernador de la provincia),
además de numerosos indígenas enviados a diversas estancias o a las
plantaciones de caña de azúcar que estaba en auge en la provincia del
Tucumán.
El diario El Nacional informaba en 1878 como:
“Llegan los indios prisioneros [a Buenos Aires] con sus familias. La
desesperación, el llanto no cesa. Se les quita a las madres sus hijos
para en su presencia regalarlos a pesar de los gritos, los alaridos y
las súplicas que hincadas y con los brazos al cielo dirigen las mujeres
indias. En aquel marco humano, unos se tapan la cara, otros miran
resignadamente al suelo, la madre aprieta contra el seno al hijo de sus
entrañas, el padre se cruza por delante para defender a su familia de
los avances de la civilización”. Esta breve crónica nos da una dimensión
del daño causado por el sistema de repartos, práctica que continuó
hasta finalizadas las expediciones militares.
"La campaña al desierto".
Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=mljKBBRd2V0
En este punto podemos preguntarnos: ¿cómo es
posible que estas acciones de violencia, reclusión y desplazamiento
forzadas hayan sido normadas por procedimientos burocráticos y
jurídicos? En buena medida la construcción de “otros” internos
indígenas, categorizados como bárbaros, salvajes y por lo tanto
no-humanos, es parte del proceso “civilizatorio” que caracterizó esta
etapa de nuestra historia. En cierto sentido, somos herederos de ese
proceso histórico y nos corresponde como educadores reflexionar con
nuestros estudiantes sobre estos aspectos. Pero además de volver al
pasado, una forma posible de modificar nuestra percepción en torno a la
historia de los pueblos indígenas en Argentina, es tener en cuenta el
presente de estos pueblos, es decir, cuál es su situación actual, sus
conflictos y sus derechos.
3) (Re)emergencia étnica y legislación indígena.
El proceso de “invisibilización” que sufrieron
los pueblos indígenas ha sido revertido en los últimos años. Con esto no
decimos que no haya sectores (con especial preponderancia en la opinión
pública y los medios de comunicación) que nieguen la existencia de
indígenas en el país, que los coloquen en el lugar de los
“descendientes” o los cataloguen como “indios truchos” o “extranjeros”.
Sin embargo, desde hace más de treinta años existen investigaciones
capaces de responder a este tipo de tergiversaciones y falsedades.
Una vez finalizada la “conquista del desierto”,
muchas de las familias que resistieron y sobrevivieron al avance
militar en Pampa y Patagonia volvieron progresivamente a generar lazos
comunitarios, pero ya incorporados dentro de un estado argentino inserto
plenamente al mercado mundial (Briones y Delrio 2002). En muchos casos,
estas familias mantuvieron la vida comunitaria dentro de un contexto
totalmente distinto: sin autonomía posible, con miedo a ser reconocidos
como indígenas y en el marco de un mercado de trabajo capitalista que
fracturó las solidaridades indígenas en pos de un proceso proletarizador
que convirtió al “indígena” en “el paisano” o el “peón de campo”. De
este modo se afianzó la invisibilización indígena, que quedó anclada en
un pasado remoto.
Muchos estudios antropológicos y/o etnográficos
desarrollados entre 1920 y 1983 compartieron esta visión y focalizaron
el análisis en aspectos anatómicos y lingüísticos de los “restos de
tribus” que quedaban, intentando rescatar los últimos “rastros de
pureza” indígena en una constante extinción (véase una crítica en Lenton
y Lazzari 2005; Crespo 2008; Silla 2012). Convertían a los indígenas en
reliquias vivientes, de hecho muchas comunidades reconocidas eran
llamadas “reservas” o “reducciones”, lo que indicaba su presencia
marginal y el constante peligro de extinción. Estos estudios
prevalecieron hasta el regreso a la democracia, cuando comenzaron a
surgir nuevas corrientes de estudios vinculadas con la antropología
social y la etnohistoria interesados por los procesos de cambio
atravesados por las poblaciones indígenas. Estos nuevos estudios
acompañaron una agenda política guiada, en muchos casos, por las
reivindicaciones de las propias organizaciones indígenas (Radovich y
Balazote 1997; Briones 2005; Valverde 2010).
A partir de estos trabajos se comenzaron a
observar las transformaciones en las comunidades indígenas: su relación
con las congregaciones religiosas, con los partidos políticos, las
formas desiguales de inserción al mercado laboral, las formas de
expulsión territorial, el acceso a la educación y las políticas
públicas. A su vez los reclamos de las organizaciones y colectivos
indígenas se hicieron presentes y, sobre todo, visibles. Se iniciaba un
proceso que ha sido denominado como “re-emergencia étnica”. No se trata
de un proceso que aconteció exclusivamente en nuestro país o en ciertas
comunidades, sino que es parte de un recorrido regional, vinculado a
procesos de resurgimiento de identidades minoritarias.
En 1992 (con el V Centenario del
“descubrimiento” de América) una serie de documentos, movilizaciones y
noticias hicieron que el “mundo indígena” irrumpiera en la escena
nacional, logrando interpelar al Rey de España que estaba de visita
oficial en San Carlos de Bariloche. Eran tiempos de políticas
neoliberales y las reivindicaciones territoriales comenzaron a tener un
peso sustancial en los reclamos, sobre todo en Neuquén, donde las
organizaciones indígenas tenían trayectorias de más larga data. De esta
forma, la Reforma Constitucional de 1994 se constituyó en una de las
metas de todos los pueblos indígenas de Argentina, que lograron incluir
sustanciales modificaciones, pasando a ser reconocidos como “pueblos
preexistentes” a la Nación Argentina.
A su vez, el Convenio 169 de la Organización
Internacional del Trabajo (al que Argentina suscribió y que posee rango
constitucional) fue también uno de los hitos legales en relación con los
derechos de los Pueblos Indígenas y la defensa de su identidad, que
implica el establecimiento de consultas previas, libres e informadas
sobre temas que los involucren. Este convenio tiene tres ejes
principales: el respeto y el desarrollo de políticas educativas
interculturales, la garantía y defensa del territorio indígena, y la
libre determinación de los pueblos indígenas, los que son centrales para
comprender los conflictos actuales. Hoy son numerosas comunidades
indígenas las que, con apoyo de diversos sectores, han puesto el foco
sobre las terribles consecuencias de las campañas militares que se
desarrollaron a lo largo de la historia. Las propias comunidades son
parte central de los reclamos en torno al reconocimiento y,
especialmente, al territorio. Veamos algunos conflictos que nos sitúan
en la actualidad.
4) Los conflictos actuales por el territorio y el proceso de judicialización.
Existen numerosos reclamos y conflictos
territoriales en la actualidad, los que como hemos dicho, no pueden
aislarse de reivindicaciones sobre los distintos derechos de los pueblos
indígenas. En buena medida los conflictos territoriales surgieron como
resultado de una nueva etapa de ocupación del espacio social agrario en
el país producida en las últimas décadas, que ha tenido como
consecuencia la expulsión de comunidades y familias indígenas que no
poseen títulos de propiedad de la tierra, en ocasiones permisos
precarios de ocupación o títulos a nombre de individuos particulares,
que no incluyen a todo el grupo que forma parte de la comunidad. Estas
situaciones legalmente precarias, en un contexto de creciente interés
por el espacio rural para su utilización con fines inmobiliarios,
agrícola-ganaderos, turísticos y/o mineros, puso en jaque a familias
que, generación tras generación, se habían criado en los márgenes
productivos.
También afectó a muchas familias indígenas que
vivían en pueblos y ciudades, pero que debido a los procesos de
re-emergencia étnica y reconocimiento de derechos, habían comenzado a
desandar sus itinerarios forzados y a revitalizar su relación con el
territorio de sus ancestros o de su propia niñez. De ahí que tanto
recuperaciones como defensas territoriales se vinculen con el
resurgimiento de identidades indígenas desde ámbitos rurales y urbanos. A
estas recuperaciones, jurisprudencias y convenios internacionales, los
organismos de justicia locales han respondido lentamente en el
reconocimiento de derechos, produciéndose en ocasiones lamentable
ssituaciones de violencia y desalojo. Pero también somos testigos de una
visibilización de la problemática indígena y de fallos favorables a los
intereses de los pueblos originarios que van en consonancia con la
política de derechos humanos que nuestro país ha desarrollado en la
última década.
"Mapuche, Nación que vuelve".
Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=cw5c5lVNIc
Bibliografía:
Agamben, Giorgio. 2001. “¿Qué es un campo?” En: Medios sin fin. Notas sobre la política. Editorial Pre-Textos. Buenos Aires. Disponible en http://www.oei.org.ar/edumedia/pdfs/T06_Docu4_Queesuncampo_Agamben.pdf
Briones, Claudia. 2005. “Formaciones de
alteridad: contextos globales, procesos nacionales y provinciales”. En
Briones, C. (ed.) Cartografías Argentinas: Políticas indigenistas y formaciones provinciales de alteridad. Editorial Antropofagia. Buenos Aires. pp. 9-41
Crespo, Carolina. 2008. “Políticas de la
memoria, procesos de patrimonialización de los recursos arqueológicos y
construcción identitaria entre los mapuches de la Rinconada de Nahuelpán
en Río Negro”. Tesis doctoral de la Universidad de Buenos Aires.
Orientación en Antropología Social. Mimeo.
Delrio, Walter. 2002. “Patria sí, Colonias
también. Estrategias diferenciales de radicación de indígenas en Pampa y
Patagonia (1885-1900).” En: Teruel, Lacarrieu y Jerez (Comps.) Fronteras, Ciudades y Estados. Alción Ed. Córdoba.
Delrio, Walter. 2005. Memorias de expropiación. Sometimiento e incorporación indígena en la Patagonia. 1872-1943. Universidad Nacional de Quilmes. Bernal.
Lazzari, Axel y Diana Lenton. 2005. "Etnología y Nación: facetas del concepto de Araucanización " Revista Avá 1 (1), Posadas, Universidad Nacional de Misiones, pp.125-140.
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Radovich, J. y A. Balazote. 1997. “Inversión y
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Silla, Rolando. 2012. “Raza, raciología y racismo en la obra de Marcelo Bórmida”. En: Revista del Museo de Antropología. Vol. 5. FFyH-UNC. Córdoba. Pp. 65-76
Valverde, Sebastián. 2010. “’Seríamos el espejo
de lo que es Villa Pehuenia’: Análisis comparativo-regional de los
conflictos territoriales del pueblo mapuche en áreas turísticas de la
provincia de Neuquén” En: RUNA XXXI, (1). Buenos Aires. pp 31-48, 7
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